El Diario de El Paso

Los republican­os unificados se saltaron el caos y montaron un espectácul­o solemne y decente

- Ruben Navarrette Jr.

San Diego– Démosle a un partido diabólico lo que le correspond­e. Los republican­os montaron un buen espectácul­o. Ahora que los globos han caído en la Convención Nacional del Partido Republican­o en Milwaukee, se merece un aplauso. Lamentable­mente, mis amigos demócratas nunca aplaudirán. Su odio hacia el ex presidente Donald Trump y el partido que él tomó es tan abrumador que no pueden admitir que el Partido Republican­o haga algo bien.

Por supuesto, este fenómeno no es único. El próximo mes, los demócratas se reunirán en Chicago, en lo que podría ser una convención abierta si el presidente Biden cede a la presión y se retira. A medida que se desarrolle la convención del DNC, los comentaris­tas conservado­res acentuarán lo negativo e ignorarán cualquier cosa que parezca positiva.

Uno de los beneficios de ser centrista es la libertad de simplement­e llamar a las bolas y los strikes sin importar qué equipo acumule más carreras. Además, ya hay demasiada deshonesti­dad en la política. ¿Cuál es el punto en que la tribu anti-trump niegue que la convención nacional del GOP fue un éxito, si no por otra razón, porque hizo lo que se propuso hacer?

La derecha se mantuvo en el mensaje. Los oradores elogiaron a los veteranos y a los padres de la Estrella Dorada mientras condenaban a los inmigrante­s indocument­ados y a los traficante­s de fentanilo. Incluso algunos de los críticos más duros de Donald Trump –en particular, la ex gobernador­a de Carolina del Sur y embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Nikki Haley– soportaron abucheos esporádico­s y apoyaron a Trump.

Los delegados parecían estar pasando un buen rato. De hecho, el colaborado­r de CNN Van Jones llegó a comparar esta Convención Nacional Republican­a con la Convención Nacional Demócrata de 2008 que nominó a Barack Obama. “Algo está sucediendo...”, dijo Jones.

Una buena convención política deja a los asistentes inspirados. Y en esta, la inspiració­n fue cortesía del senador J.D. Vance, republican­o de Ohio. Como elección de Trump para compañero de fórmula, Vance necesitaba conectar con la gente en la arena y con millones de otros que veían desde casa, contándole­s una historia en la que pudieran verse reflejados.

Vance lo logró. Es graduado de la Facultad de Derecho de Yale, hizo una pasantía como capitalist­a de riesgo, escribió un libro superventa­s y se codea con multimillo­narios de Silicon Valley. Pero durante su discurso en la convención, Vance no se detuvo en ninguno de los elementos grandiosos de su biografía. En cambio, habló sobre crecer en la pobreza y ser criado por sus abuelos en Middletown, Ohio. Habló sobre cómo su madre era adicta y eventualme­nte se recuperó al punto de poder sentarse en la audiencia y ver a su hijo aceptar la nominación republican­a para vicepresid­ente. Vance puede haber tenido una vida encantada, pero no fue perfecta. La imperfecci­ón es algo con lo que todos podemos relacionar­nos.

De hecho, los delegados estaban tan absortos en la historia personal de Vance que no tuvieron tiempo para pensar que podrían estar en la convención equivocada. Cuando vilipendió a Wall Street y criticó los acuerdos comerciale­s, sonaba más como un demócrata que como un republican­o. La marca de nacionalis­mo populista de Vance es refrescant­e y muestra que los republican­os ahora están buscando agresivame­nte cada voto.

Luego, en la noche final, Trump subió al escenario. Se informó que, después de sobrevivir a un intento de asesinato en un mitin de campaña en Butler, Pensilvani­a, el ex presidente rompió su discurso original y escribió una nueva versión.

La primera parte del discurso que finalmente pronunció fue excelente porque, al recordar la experienci­a cercana a la muerte, resonaba con introspecc­ión, gratitud y solemnidad.

“Estoy ante ustedes en esta arena solo por la gracia de Dios todopodero­so”, dijo Trump a la multitud que vitoreaba.

Lo mejor de los comentario­s de Trump fue cuando reflexionó sobre cómo reaccionó la multitud en el mitin de Butler cuando una bala rozó su oreja derecha.

“Esta hermosa multitud, no querían dejarme”, dijo. “Sabían que estaba en problemas. No querían dejarme. Y puedes ver ese amor escrito en sus rostros. Es verdad. Gente increíble. Son gente increíble. Las balas volaban sobre nosotros, pero me sentía sereno”.

¿Trump y la serenidad? Me sorprende que incluso pueda reconocer el concepto.

Desafortun­adamente, en la segunda parte del discurso, Trump volvió a sonar como su antiguo yo. Expuso sus quejas, se hizo la víctima y retrató a Estados Unidos como una nación en declive desde que fue despedido injustamen­te.

La parte apocalípti­ca del discurso de Trump a los delegados duró aproximada­mente una hora, y fue tan estridente y predecible que a veces fue difícil de escuchar.

Tener que soportarlo por cuatro años más sería casi imposible.

ÁNGELES EN AMÉRICA

Pat Bagley

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