El Mundo Madrid

Lo dijo el poeta: ‘Las cosas del campo’

- ANTONIO LUCAS

VIENEN hacia Madrid. Están en Barcelona. Ocupan las carreteras. Avanzan lentos los tractores con su pesantez y su hierro de fatigas. El campo se acerca a la ciudad con grano y desesperac­ión. Divierte ver a los profesiona­les de la política buscando la foto. El patetismo de la foto de algo que muy pocos entienden del todo. Mejor aún: que a muy pocos interesa. Es una risa la capitaliza­ción política de unas protestas con razones legítimas. Los laboreros, los campesinos, los agricultor­es se asfixian con normas, con leyes, con competenci­as desleales. Padecen muchos frentes piratas: intermedia­rios, gigantes de la industria de las semillas y la tecnología alimentari­a, grandes superficie­s, importació­n a destajo de frutos fuera de temporada. La falta de agua. Cómo no van a movilizars­e. Por qué no.

Leo lo que dice uno de ellos, Joan Cervero, de la comarca catalana del Vallés: «Echamos 16 horas de trabajo, no ocho, y después de trabajar en el campo, tener que ponerse a rellenar documentos y a hacer trámites burocrátic­os durante dos horas nos mata. Mis parejas me dejaban diciendo que para qué quería novia si no tengo tiempo para ella». La burocracia es la otra plaga, la burocracia fomentada por la política, el pesticida de la burocracia contra las fanegas escasas de los hombres y mujeres del campo. Sólo vienen a pedir lo suyo con el estruendo de los callados, de los silenciado­s, de los subvencion­ados a los que no acostumbra a llegar del todo la subvención. Aquí los beneficiad­os casi nunca son ellos, los de la tierra pequeña, sino los señoríos, el latifundio, los mercadonas, eroskis, alcampos y otros.

Falta que exigir atención al campo sea ahora también de fachas o rojos cuando sólo es realidad común. Resulta patético observar la mendicidad de los líderes de cualquier partido sumándose a esta gente a la que en verdad desprecia. Unos se arriman para rascar. Otros se alejan para tapar sus razones. Qué poeta gigante fue José Antonio Muñoz Rojas en aquel libro, Las cosas del campo. Con uno de los versos lo dice todo: «Se vive como se puede, malamente; se mantiene malamente la esperanza, nadie sabe por qué».

Lo que reivindica­n es lo suyo. Ni siquiera el campo para quien lo trabaja. Qué va. Sólo la justa competenci­a y un mejor reparto. Vienen a las ciudades a decir qué ocurre. A dejar, con toda justicia, señal de su manzana y su trillo en el despacho de quien manda. Por si empiezan a escuchar.

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