Clarín

¿Admiración o fanatismo? Esa es la cuestión

- Betina González Escritora

Nunca fui fan de nadie. Quiero decir el tipo de fan que sigue a su ídolo en todas sus aparicione­s públicas, sabe cuáles son sus comidas favoritas o sus rituales creativos y puede nombrar mejor que él mismo las fechas de sus goles, discos o libros. A lo máximo que llegué es a poner fotos de algunos de mis escritores favoritos sobre mi mesa de trabajo a modo de recordator­io de que la vara siempre está demasiado alta. ¿Hubiera hecho una gran diferencia en mi vida tener un libro dedicado por Katherine Mansfield o Truman Capote? ¿O su firma en un pedazo de papel? Para mí, que tiro la mitad de mi pertenenci­as en cada mudanza, creo que no (de paso, banco fuerte la anécdota que dice que Picasso quiso cobrarle a una mujer por su firma en una servilleta, por más que probableme­nte sea falsa).

Por otra parte, no es lo mismo admirar a alguien que ser fanático de todo lo que hace. Aunque la admiración es una emoción complicada porque siempre esconde otras (como la envidia), creo que es más manejable que el “entusiasmo exagerado” que ataca a los fanáticos.

El verbo “admirar” viene de maravillar­se y eso está muy lejos de la envidia. Como el público que asiste a un acto de magia y solo puede acompañar con exclamacio­nes, la admiración es pura sorpresa. Y en todo asombro hay una pureza sin cálculos. Por eso, en la verdadera admiración hay una ética preciosa: quien admira obtiene una especie de energía nueva de la persona admirada. Es como si viviera en conversaci­ón permanente con ese otro, por más que no lo conozca. Sobre todo si no lo conoce, creo. Querer ser como ese otro invita por lo menos a intentarlo. Entonces, toda admiración genuina nos mueve a hacer cosas. Cuando se da entre personas que se dedican a lo mismo o entre maestra y alumna, esa energía creativa puede ser extraordin­aria. Y más aún si es recíproca. En el otro extremo, la relación del fanático con su ídolo no es de admiración: la distancia es grande. Por algo el término es la forma corta de “fanático”. Hay algo religioso en esa relación en la que el otro es como un dios al que se venera pero también se lo consume, de ahí que la línea que separa la adoración del acoso y lo desagradab­le sea lábil.

La web está llena de historias de fans que hicieron cosas terribles para llamar la atención de sus dioses. Jared Leto recibió por correo la oreja de alguien con una nota que decía “¿Me escuchás?”. Lejos de horrorizar­se por lo que llamó “el gesto Vang Gogh”, el actor la usa de pendiente en un collar.

En la lista de gestos bizarros o desesperad­os sobresale la de la mujer que dejó una bebé abandonada en el umbral de la casa de Dolly Parton esperando que la cantante se hiciera cargo de la niña, a la que, según la nota de la caja, habían bautizado con el título de uno de los sus hits: Jolene. Hay tanta tristeza como preguntas por contestar en ambas anécdotas. Es más que lo que se puede decir de algunas novelas.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina